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El Pelafustán

7.4.13

Una vieja terca


Cristina Fernández, con José Pepe Mujica.

El presidente pobre de Uruguay que idolatran los ricos argentinos se despachó de lo lindo sobre Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Las gracias del bufón suelen contener verdades inapelables. Que ella es terca es un dato que no debe ofender. Esa terquedad es una de las grandes virtudes de la mandataria.   

Por Horacio Verbitsky
Página 12

La fijación de los orientales con esta banda del río Uruguay es una de las más acendradas tradiciones regionales que, de tanto en tanto, eclosiona incontenible y sale por el desagüe de las bañaderas como una inundación o con la fuerza de un exabrupto por un micrófono inadvertido. El jueves le tocó al ídolo pobre de los ricos porteños, José Mujica, quien se despachó de lo lindo sobre Néstor Kirchner y su esposa, la presidente CFK. “Esta vieja es peor que el tuerto. El tuerto era más político, ésta es terca”, bisbiseó por la web oficial de su gobierno, en diálogo con un intendente.
Guillermo Pomi, un embajador que tiene línea directa con Mujica y muy buena relación con figuras importantes del entorno presidencial argentino, desdeñó la máxima “No aclares que oscurece” y se esforzó por apaciguar las reacciones. Recién a última hora la cancillería lo citó y emitió una comunicación formal de malestar, centrada en la denigración de Kirchner, quien no puede contestar. Pero Cristina, que sí puede, decidió no hacerlo. Ni dijo ni dirá nada, porque no tiene sentido pelearse por una chuscada de un vecino cuya escala le permite cosas que entre pares serían inadmisibles. La misma condescendencia tuvo Lula hace unos años, cuando Evo Morales envió al Ejército boliviano a ocupar instalaciones petroleras de empresas brasileñas.

Nada ni nadie

Estado tapón, creado por la diplomacia británica del siglo XIX para impedir la conformación de un bloque poderoso que incluyera a la Argentina y el Brasil, el Uruguay del siglo XXI oscila entre las posiciones liberales de su vicepresidente Danilo Astori, quien preferiría arrojarse en brazos de Estados Unidos y desentenderse de las engorrosas negociaciones con los vecinos, y las de Mujica, quien aún cree en el destino sudamericano del paisito y está dispuesto a tragarse el orgullo cada vez que sea necesario en aras de ese objetivo estratégico. Lo compensa, de tanto en tanto con macanas como la del jueves, luego de la cual lanzó un obvio “nada ni nadie podrá separarnos”. Ni su propia liviandad, se entiende.
Pero tal vez haya otras razones para el sensato silencio de Cristina, acaso la definición del exrehén de la dictadura uruguaya no le disguste por completo. Las gracias del bufón suelen contener verdades inapelables. Mujica les llama viejas a todas las mujeres, incluyendo la propia. Que Cristina es terca y que Kirchner era más político son datos de la realidad que no deberían ofender a nadie, más allá de lo chabacano de la expresión, problema del que en todo caso deberían preocuparse los orientales. Más aún, la terquedad es una de las virtudes que le han permitido sortear situaciones adversas ante las que dirigentes con menos temple hubieran sucumbido. A su manera, el presidente uruguayo le dedicó un piropo machista.
En los cinco años que lleva de gobierno esa obstinación fue decisiva para seguir adelante con un rumbo fijo, sin amedrentarse ni distraerse. La calidad de la gestión es un problema aparte, pero esa es una característica estructural del Estado argentino. No ha habido administración que pueda ser añorada en ese rubro. El caso de las inundaciones en Buenos Aires y La Plata es elocuente.
Hace ocho años, como parte del acuerdo amistoso celebrado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con los integrantes de Memoria Activa víctimas del atentado a la AMIA, Kirchner firmó el decreto 812/05 en el que reconoció la responsabilidad del Estado nacional y se comprometió a ejecutar una agenda acordada por las partes. Su artículo 4 disponía crear una unidad especializada en catástrofes, tanto naturales como provocadas y la elaboración de un plan de contingencia, que implicaba acuerdos entre la Nación, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y las provincias. Desde entonces, la Capital ha tenido tres jefes de gobierno de distinto signo, y ninguno ha hecho su parte del trato. Ocho años después, nada se ha avanzado en esa dirección y todo sigue dependiendo de la buena voluntad una vez ocurrido el desastre. Si eso no singulariza al actual Poder Ejecutivo, su determinación para perseguir una meta preestablecida sin apartarse por los contratiempos del camino, no tiene precedentes. Quienes dentro del país la quieren menos que Pepe Mujica le llaman a eso ambición de poder o sus distintas variantes según las ocasiones. A veces cuesta distinguir si es mayor el odio o la envidia. En cualquier caso, no son buenos materiales para la construcción política.

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