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El Pelafustán

19.1.15

Los medios y el germen de la intolerancia


Recorte de las páginas centrales del último número de Charlie.

La matanza en Charlie Hebdo abrió el debate sobre la libertad de expresión. El papa dijo que debe haber “límites”. Bergoglio es, después de todo, el jefe de un Estado teocrático, expresión con la que la prensa hegemónica descalifica a Irán. El islam es mostrado como semillero de violencia y terror. En Arabia Saudita, decapitan gente, pero solo llegan las noticias de ISIS. La estigmatización y la hipocresía mediáticas.      

Datapuntochaco | EDITORIAL 

El brutal ataque al semanario francés
Charlie Hebdo abrió la discusión acerca de la libertad de expresión. Este blog recopiló algunas opiniones al respecto a pocos días de la matanza en el hebdomadario, donde fueron asesinados 11 trabajadores en la redacción y dos policías en la calle, y cuando la conmoción aún dominaba a todos.
Sin embargo, bastó que el papa Francisco dijera que  “no se puede insultar la fe de los demás” y que, por lo tanto, la libertad de expresión “tiene un límite”, en alusión al contenido crítico de las religiones de Charlie Hebdo, para que la discusión empezara a atizarse.
“Cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común”, pero “sin ofender”, aclaró Francisco. “No se puede reaccionar con violencia, pero si el doctor Gasbarri [organizador de los viajes papales], que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás (...) Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás. Estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al doctor Gasbarri si dijera algo contra mi mamá. Hay un límite, cada religión tiene dignidad, cada religión que respete la vida humana, la persona humana… Yo no puedo burlarme de ella. Y este es límite”, respondió Jorge Bergoglio a una pregunta de un periodista francés, en pleno vuelo papal a Filipinas.
La respuesta desconcertó a muchos. Héctor Schamis le dedicó una columna en El País, donde le responde al pontífice que lo que debe restringir es el fundamentalismo y no la libertad de expresión. “No es la burla lo que hay que restringir, sino la intolerancia. Normalizar la idea de que la ofensa de lo sagrado legitima una reacción, solo puede llevarnos al mundo de la justicia por mano propia”, escribe Schamis. 
Las palabras papales no sorprenden para nada. Bergoglio es el jefe de un Estado teocrático, el Vaticano, les guste o no a quienes usan esa expresión solo para descalificar a Irán. De hecho, en un debate televisivo de la noche sobre el escándalo que desató el fiscal Alberto Nisman al acusar a la presidenta Cristina Fernández y al canciller Héctor Timerman de “pactar impunidad” con Teherán en el caso de la AMIA, una periodista porteña expresentadora de noticias de C5N preguntó si estaba bien que la Argentina “mantuviera relaciones” con un Estado teocrático (refiriéndose a Irán). Bueno, habría que aclarar que el Vaticano, con el que la Argentina tiene excelentes relaciones, es un Estado teocrático.
Está instaurada en la prensa hegemónica argentina esa forma de demonizar al Gobierno iraní, como sucede con todo lo relacionado con el islam y los musulmanes, señalados hoy como semilleros de violencia y terrorismo. Un video que circuló en estos días en la Web muestra a un especialista en religiones entrevistado por la CNN refutar cada una de las reflexiones ramplonas de los dos presentadores acerca del islamismo y el “mundo musulmán”. Cuando le señalaron sobre los casos de mutilaciones genitales, el profesor Reza Aslan, catedrático de la Universidad de California, replicó que eso no es un problema del islam, sino de África central, donde, en Eritrea, el 90% de las mujeres fueron mutiladas, y en Etiopía, el 75%, pero ambos son países cristianos. En Eritrea, según Wikipedia, el 50% de la población es cristina (la mayoría pertenece a la iglesia ortodoxa de Eritrea Tewahdo), mientras que en Etiopía, el 61,6% (protestantes, ortodoxos y católicos).
Según un informe de Unicef, “ninguna religión prescribe” la práctica de la ablación/mutilación genital femenina (A/MGF). Sin embargo, esta no es la percepción general, al menos en lo referente al islam. Aunque hay una rama teológica del islam que apoya la A/MGF, la rama de tipo sunna, el Corán no incluye ningún texto que exija la ablación de los órganos genitales externos de la mujer y está muy extendida la idea de que la práctica se daba entre las poblaciones sudanesas y nubias antes de la aparición del islam. Además, la mayoría de los musulmanes del mundo no practican la A/MGF. No hay pruebas de su práctica en Arabia Saudita y tampoco en varios países musulmanes del norte de África, incluidos Argelia, Libia, Marruecos y Túnez”. 
Aslan admitió que hay países musulmanes donde las mujeres son maltratadas, como Irán y Arabia Saudita, pero en otros las mujeres son elegidas presidente, algo que nunca ocurrió en Estados Unidos.
La periodista le señaló a Aslan que en Arabia Saudita, si bien las mujeres no pueden votar ni conducir un automóvil, esa sociedad no es “extremista”. El profesor le respondió: “Arabia Saudita debe ser el país musulmán más extremista. Durante el mes en que hemos hablado de ISIS [Estado Islámico] y sus terribles acciones en Irak y Siria, Arabia Saudita, nuestro aliado, decapitó a 19 personas”.
La estigmatización del islam como una religión que promueve la violencia es el mensaje uniforme de los medios de comunicación de los países centrales y que tienen eco en la prensa hegemónica argentina. Aslan fue claro: “Hay monjes budistas masacrando a mujeres y niños en Myanmar, sin embargo eso no significa que el budismo promueva la violencia”. Las generalizaciones son, como dice Aslan, el germen de la intolerancia.  
La reacción de la prensa local sería, como dice Mempo Giardinelli en Página 12, “gracioso si no fuese, como es, condenable”. “Muchos de los que hoy firman artículos y manifiestos no hubieran permitido aquí, ni en casi todo el mundo, la existencia de un semanario como Charlie Hebdo. Ni un solo día”, apunta el escritor chaqueño.
“Ahora que en sus primeras planas dicen llorar estos atentados terroristas, su cinismo resulta además chocante, pues casi nada dijeron ni dicen de los crímenes masivos en Nigeria, Palestina, México, Honduras y otros países donde fanáticos y esbirros producen similares horrores autojustificándose también en intolerancias religiosas, políticas, económicas y/o culturales”, agrega.
En otro artículo esclarecedor, Federico Vázquez señala que el atentado a Charlie Hebdo es presentado por los medios del mundo, casi sin excepción, como un “nuevo capítulo del choque civilizatorio entre Occidente y el islam, entre la democracia y la barbarie”.  Sin embargo, los hermanos Kouachi, a quienes se les atribuyó el ataque, eran“dos ciudadanos franceses, a secas, nacidos y criados en el país galo”. “Algo no está bien entre los vecinos de París que resuelven sus diferencias religiosas y culturales mediante el uso de [fusiles] Kalishnikov. Porque, aunque parezca extraño, el exquisito caricaturista Stéphane Charbonnier y el exrapero convertido al fanatismo islámico Chérif Kouachi vivían en la misma ciudad”, reflexiona Vázquez. 

“El brutal asesinato a los periodistas de la revista satírica debería invitar a una sociedad democrática y con diversidad de opiniones a preguntarse cómo llegó hasta este punto (…) Se trata de entender que existe un problema social, político, económico y, en último término, religioso al interior de las sociedades europeas y no fuera de ellas, en algún ‘oscuro rincón del mundo’. El problema está en Europa”, opina Vázquez.
El columnista de la agencia Télam señala que, “si se comprueban los lazos con grupos terroristas de Medio Oriente” de los hermanos Kouachi y de Amedy Coulibaly  (que tomó el supermercado kosher y mató a cuatro rehenes), “hay una ‘conexión’ externa. Pero esa conexión con el terrorismo internacional no queda tampoco ajena a decisiones políticas tomadas por los gobiernos del Primer Mundo. Desde la primavera árabe de 2011, hubo una destrucción sistemática de los estados en el norte de África y la península arábiga. Libia, Irak y Siria son territorios caotizados, donde ISIS siembra el terror y realiza propaganda viral en Internet para que nuevos contingentes de jóvenes europeos se sumen a sus filas. En el caso de Libia, la participación francesa en el derrocamiento de Gadafi fue directa e inocultable. El gobierno de Gadafi no fue remplazado por una democracia ejemplar, sino por la destrucción del país, a partir del cual creció la influencia del islamismo extremista que, de modos brutales, impone un orden donde los europeos dejaron caos”.
Para entender hasta dónde llega la estigmatización contra el islam, Giardinelli menciona la carta de un ciudadano catalán que circula en Internet, que “desnuda la cruel paradoja del absurdo estado del mundo. En ese e-mail un hombre cuenta que en su barrio, en Barcelona, estaban hartos de la inseguridad, los robos en las casas y la deficiente vigilancia policial. Entonces, con su esposa decidieron colocar en el balcón del primer piso una bandera de Afganistán, otra de Pakistán y una tercera, negra, del Estado Islámico. El cambio, asegura, fue benéfico de inmediato: ahora su casa está vigilada las 24 horas, su hija va al colegio seguida de un coche con agentes secretos y él mismo va a su trabajo con escoltas, mientras su mujer permanece en casa, segura y tranquila, porque la calle en que viven está perfectamente controlada”.
¿Acaso solamente las acciones de terror de ISIS, Al-Qaeda y el extremismo islámico pueden ser consideradas terroristas?¿No deberían inscribirse también en esa categoría las operaciones armadas promovidas por Estados Unidos, Europa, Israel y sus aliados árabes en Oriente Medio y África. Las cosas no son tan simples como se presentan en los medios. Ni Irán es el único Estado teocrático ni el islam es sinónimo de violencia. Después de todo, ni el Vaticano está exento de atrocidades en pleno siglo XXI: el caso de los curas pederastas no es otra cosa que un acto de barbarie, del que los medios se escandalizaron, pero no lo suficiente.

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