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4.3.13

Un gran discurso, análisis banales


Cristina Fernández, el 1 de marzo en el Congreso. | Télam.

El mensaje presidencial de la apertura de sesiones del Parlamento fue tema de análisis el fin de semana. La crítica más dura en diarios opositores, como La Nación, se centró en las medidas anunciadas para democratizar la Justicia. Pero también enojó mucho el tiempo que habló la Presidenta, casi 4 horas. De nuevo, se cuestionó la forma, no el fondo. 

Por Data.Chaco
Editores

Cuesta creer lo que se lee. El fin de semana, el discurso presidencial del viernes 1 de marzo, en la apertura de las sesiones del Congreso, fue tema de análisis en los diarios. Excluyendo a Clarín, que se descarta por lo burdo, siempre hay esperanza de hallar algo de sensatez periodística en La Nación, más allá de que, en lo que se refiere a los ataques al gobierno de Cristina Fernández, ambos diarios, socios en Papel Prensa, actúan maliciosamente en tándem.
Sin embargo, esta vez, ninguna de las columnas de opinión publicadas en el diario fundado por Bartolomé Mitre estuvo a la altura del discurso de la Presidenta ante la Asamblea Legislativa. Y decimos a la altura, que no significa pretender hallar loas ni expresiones de apoyo.
La crítica más dura se centró en los anuncios sobre la democratización de la Justicia, que, para La Nación y Clarín, no es otra cosa que un “avance” sobre el Poder Judicial. Sin medias tintas, Joaquín Morales Solá opinó, en su columna del domingo, que lo que busca el Poder Ejecutivo es “colonizar políticamente a la Justicia, el último bastión independiente del Estado”.
En segundo lugar, la saña fue contra la duración del discurso presidencial, 3 horas 40 minutos, y el hecho de que la Presidenta haya hablado de los éxitos de su gobierno y no de los fracasos (¡?). Sí, así como se lee.
“En su sexto discurso ante la Asamblea Legislativa Cristina Kirchner trasmitió el viernes la idea de que el estado de la Nación es formidable debido a que tiene un gobierno perfecto. Ninguna novedad: el mismo tono, la misma propensión al autoelogio e igual endoso de todo lo malo a terceros ya habían caracterizado los mensajes que pronunció los cinco anteriores primeros de marzo”.
Así arranca una nota de opinión firmada por Pablo Mendelevich. La queja es que Cristina habló demasiado y, encima, no dijo nada de lo que la prensa opositora quería que dijera. “Un misterio: por qué CFK tarda el doble en contar cómo está la Nación”, se resume en la bajada de la columna de Mendelevich, que cuenta que “apenas una hora y 13 minutos fue lo que habló en 2008 [al inaugurar las sesiones del Congreso], una hora y 15 en 2009, una hora y 36 en 2010 y una hora y 29 minutos en 2011. En 2012 fue como si hubiera hecho dos discursos seguidos. Parecía algo excepcional, pero este año le faltó poco para llegar a las cuatro horas”. Too much!, le faltó decir. ¿Se imaginan una afrenta similar en los tiempos de Jorge Rafael Videla, a quien La Nación trataba de Teniente General, así con mayúscula inicial?
Realmente, centrar todo en la duración deja en evidencia que es poco lo que se puede criticar del contenido del discurso presidencial, más allá de los recursos léxicos usados por La Nación y los demás medios opositores para confrontar solo con consignas –relato K, aparato K, usina K– un proyecto de gobierno que lleva 10 años de transformaciones y sacó al país de una de las crisis más profundas de su historia.
Siguen con la estrategia de condenar al kirchnerismo por su beligerancia permanente, presentarlo como la encarnación del maléfico “Vamos por todo”, pero a la hora del análisis no se ahorran términos ni expresiones beligerantes: “Exocets verbales, protagonizaron la ‘pelea de fondo’ de la semana Ricardo Lorenzetti, titular de la Corte, y Cristina Kirchner, cabeza del Ejecutivo. Son los representantes máximos de dos poderes ahora en pugna y, por lo visto, escenarios de las inminentes batallas por venir”, dice Pablo Sirvén en sucolumna
La síntesis perfecta está en lo que escribe Morales Solá, el analista más respetado por el establishment: “En el fondo, su guerra contra la Corte Suprema de Justicia encierra una disidencia fundamental. La Corte defiende una democracia republicana, occidental por lo tanto, mientras que la Presidenta aspira a gobernar una democracia con falsos aditamentos, que es la forma con la que el autoritarismo destruyó siempre la democracia. Como en Irán. Como en Venezuela. Como en Ecuador”.
Habla de guerra contra la Corte y pone a la Argentina, Venezuela y Ecuador en un mismo plano con Irán, país al que descalifican como “teocrático”, mientras se extasían con los escándalos de los pederastas de otro Estado teocrático: el Vaticano.

La década ganada
Todo apunta a las formas, nunca al fondo. Si la Presidenta necesitó al menos 3 horas 40 minutos para repasar algo de lo que se ha hecho y algo de lo que se hará al menos este año, es porque se hizo algo y se prevé hacer más. Así de simple. Es la Década Ganada, la contracara de la Década Perdida (los 80), aún cuando las transformaciones impulsadas desde 2003, pese a que son muchas, no bastan.
A contramano, el establishment político-económico-mediático insiste en que el Gobierno debe dedicarse a asuntos como la inflación y la inseguridad, que son de hecho realidades insoslayables. Lo que no se dice es que para superar esos dos problemas también hay que ir hasta el tuétano: desmantelar la alta concentración que hace que el 80 por ciento de los precios que se encuentran en los supermercados los manejen 28 empresarios, como cuenta Hernán Brienza en Tiempo Argentino, y reestructurar instituciones como el Poder Judicial y las policías, porque la lucha contra la inseguridad no es solo detener a arrebatadores de carteras y mandarlos a la cárcel. Inseguridad es también que explote una bomba en un edificio, mueran 85 personas y 19 años después nadie sepa nada de nada, gracias a las complicidades judiciales, políticas, policiales y civiles.

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