Inicio
Urbanoblog
Más
Vademécum
El Pelafustán

14.9.13

Periodismo, conflicto y militancia



La tapa de Clarín del 27 de junio de 2002.

Un libro recientemente editado analiza el rol de la prensa argentina en ocho hechos históricos. El último es la masacre del Puente Pueyrredón, donde fueron asesinados Kosteki y Santillán. El recuerdo de la portada de Clarín adjudicándole "las muertes" a la crisis, el lenguaje militante doctrinario de La Nación y la manipulación informativa de los llamados medios "independientes".

Data.Chaco
Editores

¿Cuál fue el rol de la prensa gráfica argentina respecto de los conflictos sociales más importantes de los últimos 200 años? La respuesta puede encontrarse en el libro Prensa en conflicto. De la guerra del Paraguay a la masacre del puente Pueyrredón, editado este año por el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
Hace dos sábados, la coordinadora del libro, Luciana Mignoli, dialogó con el programa Yo te avisé, que se emite por radio Libertad (sábado, de 10 a 12), y las reflexiones y comentarios que se hicieron durante la entrevista actuaron de leitmotiv para volver a pensar sobre el rol del periodismo.
Es fácil recordar cómo trató el diario de mayor venta del país, Clarín, la masacre del puente Pueyrredón, donde fueron asesinados Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, el 26 de junio de 2002. El día después del hecho, Clarín publicó en tapa No se sabe aún quiénes dispararon contra los piqueteros, como volanta, y La crisis causó dos nuevas muertes, como título central.
Responsabilizar a la “crisis” del asesinato de los dos jóvenes militantes sociales es una muestra cabal de manipulación informativa que debe ser tomada como ejemplo en las facultades de Periodismo. Clarín y otros medios esperaron 48 horas para publicar todas  las fotografías en las que había evidencias de quiénes habían sido los autores de “las muertes”.
La sangre que corrió en la estación de Avellaneda, donde fueron fusilados Kosteki y Santillán, comprometían no solo al jefe del operativo, el comisario Alfredo Franchiotti, sino también al poder político nacional y bonaerense, que había adjudicado “las muertes” a un enfrentamiento entre grupos piqueteros.
Con la masacre a cuestas, el entonces presidente interino Eduardo Duhalde decidió irse antes del Gobierno y llamó a elecciones. Ya había prestado sus servicios al Grupo Clarín licuándole, devaluación mediante, su deuda en dólares. Franciotti y el cabo Alejandro Acosta fueron condenados a cadena perpetua en 2005 y otros agentes y exagentes, a penas menores por encubrimiento. Sin embargo, los responsables políticos ni siquiera fueron investigados.
Si tomamos otro hecho analizado en Prensa en conflicto (son 8 en total), el bombardeo a la Plaza de Mayo, el ataque aéreo e intento de magnicidio perpetrado en junio de 1955, La Nación dejó bien claro en un editorial, hace poco, qué es lo que piensa sobre los acontecimientos que derivaron en el derrocamiento de Juan Domingo Perón.
“Perón no cayó por obra de las armas que alzó la Revolución Libertadora en 1955. Cayó, básicamente, porque su régimen se había agotado y abundaban los escándalos y las burdas muestras de autoritarismo”, dice el editorial La tinta no destituye, del 2 de septiembre último, redactado en respuesta a la metáfora repetida por la Presidenta sobre las balas de tinta que derrocan gobiernos.
En verdad, lo de La Nación no debería sorprender tanto. Después de todo, el diario fue fundado a principios de 1870 por Bartolomé Mitre como “tribuna de doctrina” y se sabe también que Clarín salió a la calle por primera vez el 28 de agosto de 1945 para ser, como dice Martín Sivak en su libro sobre la historia del diario, la catapulta de Roberto Noble a la Presidencia y, que tras comprobar los límites de su poder, creó una doctrina: “Ya que no puedo ser presidente, puedo hacer presidentes”.
En consecuencia, la insistencia sobre el supuesto sacrosanto “periodismo independiente” que practican los dos principales diarios de la Argentina es, además de ser un eslogan para la gilada, la negación de sus principios fundacionales y los de la gran mayoría de los diarios y periódicos del país, desde la aparición misma de La Gazeta, el órgano de difusión de los ideales de la Revolución de Mayo de 1810, que dirigió Mariano Moreno.
A eso se agregó en los últimos años el concepto de “periodismo militante”, una práctica contranatura para los “independientes”, que tachan de alcahuetería panfletaria todo aquello que no se adhiera a sus formas y modos. Sin embargo, la muestra más cabal de militancia es lo que hacen Clarín y La Nación y el resto de los medios afines a ellos. De no ser así, ¿cómo se entiende entonces que La Nación haya definido el proceso de reestatización de la petrolera YPF como “confiscación a Repsol”? ¿O que llame holdouts a los fondos buitre?
El lenguaje en los medios, se sabe, no es neutral. Las palabras están cargadas de significados y de sentidos. La prensa se vale de ello para presentar los hechos de acuerdo con su visión particular de las cosas. Descalificar a Irán por ser un “estado teocrático” y no al Vaticano, que también lo es, es un ejemplo.
No es una infamia que la prensa tenga ideología y la defienda. De hecho, los grandes diarios europeos, hasta no hace mucho, marcaban sus diferencias mostrándose más afines a los partidos y gobiernos conservadores o socialistas. Hoy, con la irrupción del capital privado en el manejo editorial, eso cambió bastante. En España, por ejemplo, ya no hay tantas diferencias entre El País y El Mundo, antes considerados el primero de izquierdas y el segundo de derechas.
Lo infame es negar una ideología, contradecirla o solaparla, a fin de aniquilar un gobierno. Como dice Eduardo Aliverti en una columna en Página 12, “uno no imaginaba, por ejemplo, que llegaría a ver en los diarios de derechas amplios títulos y fotografías de portada (…)  dedicados a la vergonzosa represión ejercida sobre manifestantes que protestaban por el acuerdo” de YPF con Chevron sobre Vaca Muerta, y leerse en sus páginas que “debe alarmar la pérdida de soberanía energética”. 
Lo infame es que, en nombre del “periodismo independiente”, en un programa televisivo se denuncien solamente supuestos hechos de corrupción del gobierno con el que está enfrentado el grupo empresario dueño del canal. ¿O acaso alguien cree seriamente que las investigaciones de Periodismo para todos responden al afán de combatir la corrupción en el poder?
Lo infame es disfrazar oscuros intereses en nombre de la libertad de expresión y seguir declamando como pilares del periodismo a la objetividad y la búsqueda de la verdad, con esa hipócrita definición de manual berreta de que se deben escuchar todas las campanas. ¿Acaso alguien puede contener la risa cuando escucha al periodista de TN Marcelo Bonelli decir que él solo milita “por la verdad”?

0 comentarios:

Vademécum