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30.3.12

Hay más cuadros que bajar

Marcelo Marani, veterano de guerra, en Darwin. EFE.

La derrota en Malvinas es aún una puerta abierta, aunque muchos, sobre todo la dictadura y sus sectores afines, se hayan esforzado por cerrarla. Sobre la guerra de 1982 hay una discusión pendiente. Tal vez nunca desde los primeros años de la posdictadura, se estuvo como sociedad tan cerca de la posibilidad de darla. Es necesaria una palabra estatal que fije una posición en torno al conflicto del que fue responsable, que trace una línea que indique dónde se encuentra el honor y dónde la ignominia, dónde los héroes, dónde los responsables de la inoperancia y la muerte de muchos de estos. El proceso iniciado por Néstor Kirchner desde 2003, continuado por Cristina Fernández, abrió un interesante panorama, pero es necesario estar alertas.

Por Federico Lorenz
, Le Monde Diplomatique. Catorce de junio de 1982. Podemos imaginar la escena: una mañana gélida y ventosa como casi todas en las islas, el ruido seco de los fusiles argentinos a medida que son arrojados por los derrotados en los puntos de reunión dispuestos por los vencedores británicos. Largas filas de prisioneros aguardan el momento de embarcar rumbo al continente, a sus hogares. Las imágenes de época muestran distintas sensaciones en sus rostros: enojo, curiosidad, resignación; también alivio por la supervivencia.
El ruido de las armas se parece, en la mente del historiador, al de un juego de cerrojos. Ruidos precisos que denotan un mecanismo en movimiento de... ¿cierre?, ¿apertura? La derrota en Malvinas es aún una puerta abierta, aunque muchos, sobre todo la dictadura y sus sectores afines, se hayan esforzado por cerrarla cuando todavía no se había apagado el chillido de las gaviotas recibiendo a los barcos cargados de soldados.
En vísperas de conmemorar los 30 años de la guerra, el aniversario obliga a una reflexión profunda que incluya esa experiencia social en los relatos nacionales sobre el pasado. Para ello, es necesario asumir que la República Argentina es una nación emergente de dos procesos extremos y movilizadores (aunque por motivos diferentes) e íntimamente relacionados: el terrorismo de Estado y la Guerra de Malvinas. El disciplinamiento social conseguido por las clases dominantes mediante la masacre de los actores sociales más combativos y organizados y la capilarización del terror al conjunto de la sociedad, así como la autodestrucción de una serie de formas de representar a la nación en el archipiélago austral son las piedras basales de la sociedad democrática.
¿Puede narrarse una guerra como si el terrorismo de Estado que la desencadenó no hubiera sucedido? ¿Qué consecuencias tuvo éste en las formas en las que los argentinos nos relacionamos con el pasado? La historia nacional contada en clave épico-patriótica (como la aprendimos en la escuela y aún se enseña, como funge como sentido común) no alcanza con su paleta a plasmar la complejidad de matices que un hecho histórico como la guerra de 1982 significa. Revisar críticamente las experiencias de la guerra exige una maestría en los claroscuros que aún no podemos exhibir. Sin embargo, la pintura de ese cuadro es una tarea crucial.
Señalamos que los dos elementos fundacionales de la restauración democrática son la masacre política y la derrota en la guerra. Si, con avances y retrocesos, la sociedad argentina ha sostenido desde el final de la dictadura una política de juzgamiento y condena de los responsables de la primera (política iniciada en la lucha de los organismos de derechos humanos, institucionalizada en el Juicio a las Juntas, momentáneamente frenada por los indultos menemistas, recuperada en su impulso desde 2003), es notorio, al presente, el desnivel en la profundización en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia entre ese campo y las memorias de la guerra de 1982. Hemos “naturalizado” que esa tríada corresponde al campo de los derechos humanos. Olvidamos que en 1988 hubo juicios a los responsables de la Guerra de Malvinas, y que los indultos de Carlos Menem beneficiaron no sólo a represores, sino también a condenados por su responsabilidad en la guerra. Que en algunos casos los indultados fueran culpables en ambas instancias constituye la esencia del drama de Malvinas. La famosa fotografía de la rendición de Alfredo Astiz en las islas Georgias es la punta simbólica de ese iceberg.

Polisemias 

Sobre la guerra de 1982 hay una discusión pendiente. Tal vez nunca desde los primeros años de la posdictadura, estuvimos como sociedad tan cerca de la posibilidad de darla. Para iniciarla, es necesaria una palabra estatal que fije una posición en torno al conflicto del que fue responsable, que trace una línea que indique dónde se encuentra el honor y dónde la ignominia, dónde los héroes, dónde los responsables de la inoperancia y la muerte de muchos de estos, así como antes lo habían sido del asesinato de sus compatriotas en el continente.
La ambigüedad es tan dañina para el reclamo argentino como para la profundización de la democracia. Las relecturas de la guerra muestran una disputa en la que no está en juego tanto la soberanía de las islas como las formas en las que se nomina la historia reciente. Desde la derrota, con picos en la Semana Santa de 1987 y la política de “reconciliación” de los 90, las definiciones acerca de la guerra han condicionado a la democracia así como limitado la posibilidad de pensar continentes como las ideas de “patria” o “nación”. Por derecha y por izquierda se han construido visiones simplistas y totalizadoras. En un extremo, cualquier crítica es antipatriótica y cuestiona “la causa nacional”, que es abstraída del contexto histórico en el que se produjo mediante sofismas: “¿Con quiénes se enfrentaron los soldados argentinos en Malvinas? ¿Con la fuerza colonial británica o con la dictadura militar? ¿Qué es lo que estaba en juego para esos combatientes, la soberanía de las islas o la continuidad de la dictadura militar? Los caídos argentinos en la guerra de Malvinas, ¿son héroes de esa lucha o son víctimas del gobierno militar?” (1). A la inversa, las aproximaciones a la guerra con una voluntad crítica pero no automáticamente condenatoria, suelen ser leídas como el resurgimiento del nacionalismo o la apología de la dictadura. En este caso, en aras de no dar alimento a los reaccionarios, se anula la posibilidad de revisar la experiencia histórica de millares de compatriotas.
Navegar entre esas dos aguas es peligroso e ingrato, pero es la tarea.

El kirchnerismo y la memoria

El proceso iniciado por la adopción de la memoria, la verdad y la justicia como políticas de Estado por Néstor Kirchner desde 2003, continuado por su sucesora Cristina Fernández, abrió un interesante panorama. Aunque criticado y discutido, generó un proceso de resignificación del pasado que lo excede. Los primeros meses del gobierno de Kirchner fueron una constante puesta en acto de ese compromiso. Así, el 24 de marzo de 2004, en el Colegio Militar de la Nación, el Presidente, como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, ordenó al jefe de Estado Mayor del Ejército que descolgara los retratos de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone (primer y último presidentes de la dictadura) de la pared en la que están colgados los retratos de los directores de esa institución.
La política de Kirchner también tuvo consecuencias sobre Malvinas. Al impulsar los procesos de justicia, ofreció a los excombatientes nuevas claves simbólicas de lectura para pensar tanto sus experiencias como sus demandas históricas. Durante el preestreno de la película Iluminados por el fuego (Tristán Bauer, 2005) en la provincia de Corrientes, muchos exsoldados reconocieron en las vejaciones que el film muestra las que ellos mismos habían sufrido durante 1982. Algunas agrupaciones iniciaron la presentación de causas judiciales por crímenes de lesa humanidad durante la guerra (2). Tales hechos no eran una novedad: pero un cuarto de siglo había pasado desde las primeras denuncias y la existencia de un contexto favorable para que volvieran a circular.
Como contrapartida, la reivindicación de la causa nacional que hace el kirchnerismo (se define como “malvinero”) alienta a nostálgicos del pasado que relatan la Guerra de Malvinas como si el terrorismo de Estado no hubiera tenido lugar. De allí que las definiciones por parte de un gobierno que declara un fuerte compromiso tanto con Malvinas como con la reivindicación de las movilizaciones populares y el castigo a los culpables de la represión son imprescindibles.
Este año, el Concejo Deliberante de la ciudad de Mar del Plata también bajó un cuadro de sus paredes: el retrato de Pedro Edgardo Giachino, oficial naval muerto durante la recuperación de las Malvinas y primer muerto en combate de la guerra. El oficial muerto por los marines aparece mencionado en cuatro causas por violaciones a los derechos humanos, vinculadas a la represión en la zona de Zárate. Dos sobrevivientes de la Esma lo reconocieron como “Pablo”, integrante de los grupos de tareas, y recordaron la conmoción entre los marinos del centro clandestino el día que se supo la noticia. Sin embargo, distintas voces se alzaron criticando el gesto del Concejo, desde los familiares del muerto hasta agrupaciones de veteranos y familiares. Argumentaron que al bajar el retrato se mancillaba la memoria de los héroes nacionales y se atentaba contra la “causa”. Era una “vergüenza nacional” (3).
Este es un ejemplo notorio del proceso bifronte que la política de memoria del kirchnerismo impulsa en relación con Malvinas. En primer lugar, algunos actores que históricamente criticaron la guerra, en particular en relación con su conducción y el desempeño de sus oficiales, encontraron en la lucha por los derechos humanos un repertorio argumental, y en la política estatal un espacio a partir del cual renovar y profundizar sus demandas. Éstas, como señalamos, no son nuevas, pero así lo parecen en el contexto de la transformación de la “lucha contra la impunidad” en política de Estado.
Sin embargo, la retórica latinoamericanista y antiimperialista, el énfasis en la “recuperación de la autoestima”, o más específicamente, la reivindicación del carácter “malvinero” de los presidentes, rasgos distintivos del discurso kirchnerista, alimentan otras visiones sobre la guerra más esencialistas. Ancladas en el repertorio de la izquierda nacional, reivindicándose populares y “revisionistas” comparten con sectores conservadores o directamente reaccionarios la defensa de la “causa nacional” por encima de sus circunstancias, ya que también incluyen la guerra de 1982 en una ucrónica lucha de la nación contra el imperialismo.
De este modo, la política de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández en relación con la reparación judicial del pasado dictatorial, de fuerte crítica a las Fuerzas Armadas de entonces y a los sectores civiles cómplices, acaso involuntariamente esté reforzando discursos que evitan la revisión de las conductas y responsabilidades de esos actores y garantizan su impunidad. El contenido “nacional” del relato “malvinero” del discurso oficial entra en contradicción con la aproximación crítica al pasado que el mismo gobierno impulsa. Pero es fuerte, ya que enraíza en una tradición ideológica nacional y popular que comparte muchos elementos con los relatos históricos más tradicionales basados en el repertorio patriótico, y que consisten en la reivindicación de la “gesta” de Malvinas como una guerra en nombre de una causa sagrada, realzada por el sacrificio de vidas humanas en nombre de la Patria (4).

Posibilidades

Es necesario estar alertas. Desde 2003 se ha abierto una posibilidad de (re)discutir el pasado. Dirimir institucionalmente las contradicciones en torno al conflicto significaría la producción de un nuevo “relato” sobre la guerra de 1982. Lo menos costoso políticamente es tolerar la convivencia de los opuestos, unidos como siameses por “Malvinas”, la víscera sensible de la cultura política argentina. Definirse en uno u otro sentido de esta contradicción remite a distintas imaginaciones de país y comunidad, es decir, a una definición, a un conflicto.
Tal vez sea significativo reparar en la performance del grupo Fuerza Bruta durante el desfile del Bicentenario. El cuadro correspondiente a la Guerra de Malvinas mostró un grupo de soldados marchando con sus capotes húmedos. De repente, se produjo entre ellos una explosión. Los cuerpos de los combatientes se transformaron en un túmulo, en una fosa común recientemente cerrada, y de sus mochilas emergen cruces blancas. Como remarca Beatriz Sarlo, a diferencia del cuadro de las Madres de Plaza de Mayo en el mismo desfile, en el que las mujeres son “sujetos en acción”, que “cierran la violencia del siglo XX y preparan la reparación de los primeros años del siglo XXI” en aquel referido a la guerra “la escena de los soldados de Malvinas es una imagen de víctimas” (5). Es decir: sólo podemos decir de ellos que están muertos. Ese es el precio, tal vez, para inscribirlos, en el mismo movimiento, en el relato histórico que el desfile planteó, que aunque imaginándose rupturista, en relación con la guerra retoma (y remata) el movimiento conceptual producido desde el mismo instante en el que la guerra terminó: despojarla de su historicidad y, por extensión, despojar a quienes combatieron de su condición de sujetos históricos. Si en el desfile la marcha de las Madres aparece como la lucha y la demanda permanentes, los muertos bajo las cruces del túmulo, como los de Darwin, están condenados a que otros los nombren.
Hay una gran injusticia en esta situación. De allí que algunas medidas de profundo significado político para avanzar en la verdad histórica y la justicia podrían considerarse: el impulso de juicios por la verdad sobre Malvinas, la publicación oficial del Informe Rattenbach (6), y la restitución de la identidad, también, para los muertos en la guerra de 1982, al inscribir su sacrificio en una historia de la lucha del pueblo argentino por su dignidad y sus derechos, que condene a los que masacraron compatriotas y se ampararon en el sacrificio genuino de cientos de soldados–ciudadanos buscando esconder sus crímenes y bañarse en la luz del heroísmo ajeno.
¿Qué patria imaginaríamos si la conmemoración de la guerra fuera el 14 de junio? A treinta años, aunque incomode, vale la pena preguntárselo.

1. Julio Cardoso, La postguerra como campo de batalla (nomeolvidesorg.com.ar/wpress/?p=613).
2. Edgardo Esteban, Malvinas, una herida abierta, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2008.
3. Página/12, Buenos Aires, 10-7-11.
4. Por ejemplo, Federico Bernal, Rosas, Cristina y las Malvinas, Miradas al Sur, Buenos Aires, 20-11-11.
5. Beatriz Sarlo, La audacia y el cálculo. Kirchner 2003-2010, Buenos Aires, Sudamericana, 2011, p. 184
6. El pasado 25 de enero, la presidenta Cristina Fernández anunció “la apertura del Informe”, hecho que se concretó mediante un decreto el 7 de febrero.

* Historiador, Ides Conicet. Autor, entre otros libros, de Las guerras por Malvinas, Edhasa, Buenos Aires, 2006 (de próxima reedición).

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