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El Pelafustán

5.10.11

El pacto de la censura

El poder absoluto, su modo de censurar, puede ser sacramental, mafioso o gubernamental; en todos los casos, poco importan las sutilezas. Recordemos la Santa Inquisición, El padrino o el 30 de agosto de 1980, cuando los monjes negros de la dictadura mandaron a quemar un millón de libros. La censura puede también practicarse mediante un recurso judicial o de modo encubierto, como la del Grupo Clarín en contra de El pacto.

Por Vicente Battista, Miradas al Sur. El 22 de junio de 1633, Galileo Galilei se presenta ante el Tribunal Supremo de la Santa Inquisición. Trescientos veinte años después, el 18 de diciembre de 1953, en el Piccolo Teatro di Milano, bajo la dirección de Giorgio Strehler, se estrena Galileo Galilei, la pieza dramática que Bertolt Brecht escribiera en 1938, durante su exilio en Dinamarca. En una de las últimas escenas de la obra hay tres personajes íntimamente ligados a Galilei: Virginia, su hija; Ferderzoni, su amigo, y Andrea Sarti, su joven discípulo. El trío aguarda el resultado de la audiencia inquisitoria a la que fuera llevado el científico: dan por hecho que Galilei no abjurará de sus teorías. “Ahora comienza realmente la era del saber. Ésta es la hora de su nacimiento. Pensad: si él se hubiera retractado –asegura Ferderzoni–, hubiese sido como si después del amanecer llegara de nuevo la noche”. Por su parte, Andrea proclama: “Hoy todo es distinto. El hombre, el martirizado, levanta su cabeza y dice: yo puedo vivir. Tanto se ha ganado cuando sólo uno se levanta y dice: ¡no!”. En medio del júbilo se oye el sonido de las campanas y Virginia advierte: “¡La campana de San Marcos! ¡Lo han absuelto!”. No son palabras de felicidad, sino de angustia, porque casi de inmediato se escucha una voz que en tono monocorde recita: “Yo, Galileo Galilei, maestro de matemáticas y de física en Florencia, abjuro solemnemente lo que he enseñado, que el Sol es el centro del mundo y está inmóvil en su lugar, y que la Tierra no es centro y no está inmóvil. Yo abjuro, maldigo y abomino con honrado corazón y con fe no fingida todos esos errores y herejías, así como también todo otro error u opinión que se opongan a la Santa Iglesia”.
La Santa Inquisición sabía ejercer la censura. Contaba con treinta y siete diferentes instrumentos de tortura convertidos en eficaces métodos disuasorios. ¿Quién se atrevía a discutir atado a la Rueda para Despedazar, con el Aplastacabeza sobre el cráneo o con el Collar de Púas Punitivo sujeto al cuello? El poder absoluto, su modo de censurar, puede ser sacramental, mafioso o gubernamental; en todos los casos, poco le importan las sutilezas. Recordemos El padrino y la cabeza del pura sangre que aparece en la cama del productor artístico que se había negado a satisfacer el requerimiento de Vito Corleone, o aquel siniestro 30 de agosto de 1980, cuando los monjes negros de la dictadura ejercieron su brutal acto de censura. Así lo evocaría la Cámara Argentina del Libro: “Un grupo de camiones volcadores procedió a descargar un contenido poco frecuente: un millón y medio de libros y fascículos publicados por el Centro Editor de América Latina, secuestrados por la Policía Federal de los depósitos de la editorial por orden del juez federal de La Plata, mayor retirado De la Serna. Las fuerzas policiales rociaron con nafta la pila y le prendieron fuego. Los libros ardieron durante horas antes de quedar reducidos a cenizas. Obras de grandes escritores del país y del mundo, colecciones de historia y de ciencias, libros de poesía y enciclopedias, en fin... gran parte del maravilloso fondo editorial del Ceal se hizo literalmente humo”.
Ese millón y medio de libros quemados hizo que la furia incendiaria se multiplicase atrozmente: cada cual se transformó en su propio censor, quemaba sus propios libros, echaba a las llamas aquellos títulos que podrían ofender a los represores. El Fahrenheit 451 que imaginara Bradbury se hacía cierto en una Argentina en la que todos éramos derechos y humanos. Pero esas son cosas que suceden durante los regímenes opresores. En democracia hay modos más sutiles de censura.
El domingo 17 de mayo de 1992, nueve años después del definitivo final de la dictadura, Tato Bores conducía Tato de América, un ciclo que se emitía por Canal 13, con enorme éxito de público. Ese domingo 17, Tato iba a decir un monólogo que cuestionaba el escaso valor monetario con que la Corte Suprema de Justicia había multado a la jueza federal María Romilda Servini de Cubría. La jueza tuvo noticia de ese monólogo, presentó un recurso y logró que fuera censurado por la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial Federal.
Esa intempestiva actitud tuvo inmediata respuesta por parte de un importante número de personalidades del periodismo, el arte y la cultura. Desde uno de los estudios de Canal 13 acompañaron a Tato Bores, entonando un estribillo que se haría célebre: “La jueza Barú Budú Budía es lo más grande que hay”. Entre quienes lo tarareaban se podía oír a Bernardo Neustadt, a Mariano Grondona y a Magdalena Ruiz Guiñazú.
No es preciso hacer un gran ejercicio de memoria para recordar que durante los años de la dictadura, Bernardo Neustadt y Mariano Grondona conducían un programa de televisión que se complacía en adular a los militares torturadores. Por su parte, Magdalena Ruiz Guiñazú estaba al frente de un ciclo en radio Continental que mañana de por medio elogiaba a Martínez de Hoz y que, precisamente en agosto de 1980, se refirió a la censura. Esto le dijo Ruiz Guiñazú al general verdugo Albano Harguindeguy: “No queremos que usted crea, señor ministro, que éstas son acusaciones en contra suyo. Son simplemente comentarios que le hacemos para que sepa qué es lo que se dice, qué es lo que se piensa”. Por lo que sé, ninguno de los tres valerosos enemigos de la censura dijeron una sola palabra acerca del millón y medio de libros que ardieron sin descanso en un descampado de Sarandí.
No hay que alarmarse, en democracia todo es posible. La censura puede practicarse mediante un recurso judicial o de modo encubierto, como la que en estos días se habría producido desde el Grupo Clarín en contra de El pacto, una serie televisiva en proceso de filmación y, esencialmente, en contra de uno de los actores de esa serie: el que en la ficción le daba vida al CEO del grupo cuestionado. El referido actor tuvo menos dudas que Hamlet, el príncipe de Dinamarca que en estos días también interpreta, y presentó su renuncia. En tanto, aún no he visto ni oído que Magdalena Ruiz Guiñazú, Mariano Grondona, Adepa y la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Honorable Cámara de Diputados se hayan pronunciado en torno de este posible acto de censura.
Volvamos por un instante a la pieza de Bertolt Brecht. No bien se escuchan las últimas palabras de la retractación de Galilei, Andrea Sarti, su discípulo, grita: “¡Desgraciada es la tierra que no tiene héroes!” y de inmediato Galileo Galilei corrige: “Desgraciada es la tierra que necesita héroes”.
Hombre de teatro y conocedor de la obra de Brecht, ¿Mike Amigorena habrá pensado lo mismo cuando decidió abandonar su personaje en El pacto?

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